Hace unos días estuve en el tanatorio. Acompañaba a mi madre. Su amiga, de 57 años de edad ha dejado desolados a sus hijos, su marido, sus amigos...No me gustan los tanatorios. A nadie le gusta. A mi me deja el cuerpo raro.
Todos tenemos que pasar por ahí y a mi me da miedo. No de que mi cuerpo sea el que está ahí, sino el de alguien querido. La hija de la amiga de mi madre, tiene mi edad y se ha quedado sin su madre. Que miedo.
Es curioso que en el tanatorio se habla de todo. Incluso hay gente que se ríe de cosas. No me gusta que haya cafetería, bueno no, no me gusta el jaleo, ruido y club social que se forma en la cafetería. No es sitio para eso, tampoco se está tanto tiempo allí como para tomar unas tapas o ver un partido de fútbol.
Se habla de la pérdida importante para los familiares. Decía el viudo que su esposa no está pero el que ha perdido realmente es él, son sus hijos. Ella perdió la vida pero a él le queda lo peor, enfrentarse a una casa vacía, a sus cosas, a la soledad.
¿Quién pierde realmente? El ser se va, los que se quedan aquí lo recuerdan, lo extrañan, lo nombran, lo echan de menos.


















